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Sor Milagros Durán

Conocí a S. Milagros Durán cuando era muy niña, recuerdo que todos en mi familia hablaban de ella, pues animaba la catequesis de la capilla Santa Lucía a la que pertenecíamos. Su llegada a la comunidad era todo un acontecimiento, pues los niños íbamos a buscar estampillas y caramelos  y los adultos eran sus amigos y bienhechores con lo poco que cada quien poseía. De esa época sólo recuerdo su sonrisa y alegría que nos contagiaba a todos.

Era una hermana muy social, de mucho diálogo e interacción con la gente, de una fuerte humanidad, que la hacía dedicar tiempo para acompañar muchas situaciones y ayudarles a superarse. Se empeñaba en colaborar con los necesitados siendo capaz de sacrificarse en primera persona y de vencer cualquier obstáculo.

Ya ingresando en el Instituto en los años de formación inicial y hasta la actualidad recuerdo que siempre que nos encontrábamos me preguntaba por mi familia. Comunicándome cualquier detalle que supiera. En ocasiones hasta más que yo. Era  otra de sus características muy particulares, el amor a la familia y pienso que nos lo trataba de infundir a las nuevas generaciones. Pues en ocasiones también me cuestionaba sobre la importancia de sacar el tiempo para compartir con mi familia.

Recientemente acabó de celebrar los 60 aniversarios de profesión religiosa, un gran testimonio de entrega, confianza y fidelidad a Dios. Una mujer de mucha fe, de esperanza, de optimismo que la hacía ser muy persistente hasta lograr lo que consideraba conveniente en la misión y para la comunidad.

Desarrolló un apostolado muy fecundo en la catequesis, con los exalumnos y la gente sencilla. Trasmitió grandemente el amor y la devoción Mariana y al Sagrado Corazón de Jesús. En las comunidades donde vivió es imposible que la comunidad educativa y las personas del sector no le recuerden y hablen de ella con simpatía.

Cuando me enviaron a la comunidad de Cristo Rey, recuerdo que me dijo; con su gran sonrisa en los labios; “que era una comunidad maravillosa, donde se puede hacer mucho bien.  Así vivió ella entre nosotros y su ejemplo de audacia apostólica,  de cercanía, familiaridad hoy se puede sentir en todos los que lloramos su partida y damos gracias a Dios por haberle conocido y por el don del carisma salesiano que vivió y transmitió a tantas generaciones.

Descansa en Paz, querida hermana, la caridad que nos une en la vida se hace más fuerte a la hora de la muerte.

Nos vemos en el Paraíso.

 

Sor Mercy Guzmán, FMA

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Llegamos al país en el 1937, para la educación y evangelización de los jóvenes
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